Imagina que el mundo, tal como lo conoces, no comenzó con un estallido, sino con un silencio primordial y una oscuridad líquida que lo cubría todo.
En los mitos egipcios, la creación no es una sola narración cerrada, sino un mosaico polifónico donde varias ciudades sagradas contaron, a su modo, el mismo misterio: cómo surgieron el orden, la vida y la luz desde el caos.
Si te acercas a estos relatos como quien se asoma a un templo, notarás algo fascinante: cada versión no compite, sino que complementa y enriquece la idea de un universo que se mantiene vivo gracias a la armonía.
El punto de partida: el Nun, el océano sin orillas
Antes de cualquier dios, antes de cualquier montaña, incluso antes del tiempo, estaba el Nun, un océano infinito y amórfico.
No era “agua” como la imaginas en una playa; era más bien una sustancia indiferenciada, una profundidad sin forma donde todo podía ser, pero nada era todavía.
Cuando los egipcios hablaban del Nun, te estaban contando que el cosmos nace de un lugar que no se puede domesticar: un abismo donde reina el desorden y, al mismo tiempo, la potencia creativa.
Y aquí hay una idea clave para ti: la creación egipcia no es “hacer algo de la nada”, sino extraer el orden desde lo informe.
La colina primigenia: cuando la tierra se atreve a aparecer
De pronto, en medio del Nun, emerge la colina primigenia, un montículo sagrado que se alza como la primera certeza del mundo.
Este detalle es más importante de lo que parece, porque el acto de emerger es el primer gesto del cosmos: elevarse, definirse, separarse del caos.
Piensa en ello como un símbolo cercano: cuando en tu vida aparece una decisión clara, una intención firme, es como esa colina que rompe el mar oscuro.
Para los egipcios, la creación comienza cuando algo se delimita.
Heliópolis y Atum: el dios que se crea a sí mismo
En la tradición de Heliópolis, el creador es Atum, una divinidad que no necesita un artesano externo: se autogenera.
Atum surge sobre la colina primigenia y, desde ahí, inicia el despliegue del universo con un acto cargado de extrañeza sagrada.
Los textos describen que Atum produce a los primeros dioses, Shu (aire) y Tefnut (humedad), a partir de sí mismo, en una escena que puede parecerte desconcertante, pero que encierra un mensaje poderoso: el mundo brota de una energía originaria que se expresa y se multiplica.
Cuando Atum engendra a Shu y Tefnut, nace el primer equilibrio: aire y humedad, condiciones básicas para que exista un mundo habitable.
Y tú, como lector, puedes notarlo: la creación egipcia no arranca con “cosas”, sino con principios.
La Enéada: una genealogía del universo
Desde Shu y Tefnut, la historia continúa como un árbol que crece con lógica interna.
Ellos engendran a Geb (tierra) y Nut (cielo), y aquí aparece una de las imágenes más bellas del pensamiento egipcio: el cielo como una bóveda viva que se arquea sobre la tierra.
En muchos relieves, Nut se estira sobre Geb mientras Shu los separa, sosteniendo ese espacio intermedio donde tú y yo respiramos.
Es decir: el mundo nace cuando se establece una distancia entre cielo y tierra.
De Geb y Nut nacen Osiris, Isis, Seth y Neftis, figuras que ya no solo representan elementos cósmicos, sino también dramas: vínculos, celos, reparación, violencia y restauración.
La creación, entonces, no termina en un instante: continúa en forma de historia, conflicto y recomposición.
Menfis y Ptah: crear pensando y nombrando
En Menfis, la creación se cuenta de manera distinta y, si te soy honesto, es casi filosófica.
Aquí el creador es Ptah, un dios que no crea con fuerza física, sino con intelecto y lenguaje.
Según esta tradición, Ptah concibe el mundo en el corazón (sede del pensamiento) y lo manifiesta con la lengua, es decir, mediante la palabra.
Primero idea, luego verbo.
Si esto te suena moderno, es porque lo es: los egipcios intuían que el lenguaje no solo describe la realidad, sino que la configura.
Cuando Ptah nombra, ordena.
Cuando ordena, el mundo se vuelve habitable.
Y aquí tienes una lectura íntima: cada vez que pones en palabras lo que sientes, estás haciendo algo parecido a Ptah, convirtiendo el caos emocional en una forma comprensible.
Hermópolis y el Ogdóada: el caos como matriz fértil
En Hermópolis, la creación empieza con un elenco de fuerzas más antiguas y enigmáticas: el Ogdóada, ocho divinidades que encarnan estados primordiales.
Son cuatro parejas: oscuridad, invisibilidad, inmensidad y aguas abismales, representadas a menudo con formas de ranas y serpientes, animales asociados con lo húmedo, lo subterráneo y lo que se transforma.
En esta versión, el universo no nace del orden inmediatamente, sino de un caldo tumultuoso de potencias.
De ese torbellino surge una chispa decisiva: un huevo cósmico o una flor de loto que se abre sobre las aguas.
Y cuando el loto se despliega, aparece la luz: el primer sol, asociado a menudo con Ra en su infancia radiante.
La imagen es inolvidable: del barro oscuro, la flor.
Del silencio, el brillo.
Ra y el nacimiento del Sol: la creación como amanecer eterno
En muchas narraciones egipcias, el gran protagonista es Ra, el Sol que no solo ilumina, sino que estructura el tiempo.
Ra no es un foco en el cielo; es la garantía de que el universo se renueva.
Cada amanecer es una repetición del acto creador.
Cada noche es una travesía peligrosa por el inframundo, donde el Sol combate fuerzas de disolución para poder renacer al día siguiente.
¿Te das cuenta del mensaje?
La creación no ocurrió “una vez”.
Está ocurriendo ahora, en ciclos.
El mundo existe porque se mantiene una lucha cotidiana contra el retorno del caos.
Ma’at: el secreto que sostiene la existencia
Si quieres entender de verdad la historia de la creación según los mitos egipcios, tienes que mirar a Ma’at.
Ma’at no es solo una diosa; es un concepto: verdad, equilibrio, justicia, proporción y orden cósmico.
En el imaginario egipcio, el universo fue creado para que Ma’at pudiera reinar.
Sin Ma’at, todo regresa al Nun.
Sin Ma’at, el mundo se deshilacha.
Por eso la creación no es un trofeo, sino una responsabilidad: dioses, faraones y personas participan en sostener el orden mediante actos correctos, palabras medidas y decisiones que no alimenten la destrucción.
Y a ti, que lees desde el presente, esto puede hablarte sin esfuerzo: cuando sostienes tu propia coherencia, estás defendiendo tu pequeña porción de Ma’at frente al caos.
¿Por qué existen varias versiones de la creación?
Tal vez te preguntes si los egipcios “se contradecían”.
En realidad, pensaban de otro modo.
Una misma verdad podía expresarse desde distintos templos, con diferentes símbolos, porque la realidad divina era demasiado vasta para una sola explicación.
Heliópolis pone el acento en la genealogía.
Menfis destaca la palabra creadora.
Hermópolis abraza el caos fértil y el surgimiento de la luz.
En conjunto, estas versiones te ofrecen una visión más completa: el universo nace del caos, se organiza con inteligencia, se sostiene con equilibrio y se renueva con ciclos.
El sentido profundo: crear es ordenar, separar y mantener
Si te quedas con una idea, que sea esta: para Egipto, crear no es “inventar” sin más.
Crear es separar (cielo y tierra), nombrar (hacer visible lo invisible) y mantener (defender el orden contra el derrumbe).
Por eso la creación no se limita a un origen remoto: se prolonga en la vida social, en los rituales, en la justicia y en la manera en que cada persona enfrenta el caos.
Lo grandioso de estos mitos es que no te hablan solo de dioses antiguos.
Te hablan de ti.
De cómo, cada día, puedes elegir entre alimentar el Nun interno —la confusión, la inercia, lo informe— o levantar tu propia colina primigenia con un acto claro, una palabra honesta y una decisión con sentido.







